Japón: un viaje por sus ciudades


Hablar de Japón es hablar de contrastes: rascacielos y templos milenarios, trenes bala y jardines zen, neones y rituales ancestrales. Pero más allá de Tokio y Osaka, existe un Japón hecho de madera, silencio, puertas correderas y fragancias de incienso. Un Japón que se resiste a desaparecer y que hoy atrae a viajeros que buscan algo más que una postal moderna. Es ese “Japón eterno” el que exploramos: ciudades y pueblos donde la tradición sigue marcando el ritmo de la vida cotidiana

Kioto, la capital del tiempo detenido

Kioto es la joya indiscutible del Japón tradicional. Antigua capital imperial durante más de mil años, conserva más de dos mil templos, jardines de musgo y barrios donde las linternas de papel todavía iluminan las callejuelas al atardecer.

Lo imprescindible:

– Kiyomizudera, el templo de la terraza suspendida sobre la montaña.

– Fushimi Inari, con sus miles de torii bermellón que forman un laberinto ascendente.

– El distrito de Gion, donde aún pueden verse maikos y geikos moviéndose con paso ligero hacia sus compromisos.

– El Pabellón Dorado (Kinkakuji), que brilla sobre el agua incluso en días nublados.

Qué comer en Kioto:

– Kaiseki, el menú tradicional japonés llevado a su máxima elegancia.

– Yudofu, tofu hervido en caldo ligero, una experiencia minimalista y delicada.

– Matcha en polvo en todas sus formas: helado, dulce, latte o ceremonia del té.

Kanazawa, la otra capital cultural del Japón clásico

A veces llamada “la pequeña Kioto”, Kanazawa floreció bajo el clan Maeda y ha conservado barrios artesanales que parecen detenidos en el siglo XVIII. Su atmósfera tranquila la convierte en una de las ciudades más hermosas del país.

Que no falte en la visita:

– Kenrokuen, uno de los tres grandes jardines de Japón, perfecto en cada estación.

– Nagamachi, el barrio de los antiguos samuráis.

– Higashi Chaya, calles de casas de té históricas y antiguas donde aún resuena la música del shamisen.

Qué comer en Kanazawa:

– Kaisen don, cuenco de arroz cubierto con pescado fresco del mar del Japón.

– Jibuni, estofado local de pato o pollo con caldo de soja.

– Oro comestible, un guiño peculiar: la ciudad es famosa por su pan de oro.

Nara, donde los dioses pasean entre ciervos

Antes que Kioto, Nara fue la capital imperial y cuna del budismo japonés. Aquí el tiempo parece fluir con mansedumbre, entre ciervos que deambulan libres y templos gigantescos envueltos en bruma.

Puntos esenciales:

– Todai-ji, que alberga al Gran Buda, una estatua monumental de bronce.

– Kasuga Taisha, santuario rodeado de miles de linternas de piedra.

– El parque de Nara, donde los ciervos saludan a los visitantes con una leve reverencia.

Qué comer en Nara:

– Kakinoha-zushi, sushi envuelto en hojas de caqui.

– Miwa somen, fideos finísimos servidos fríos o calientes.

Takayama y Shirakawa-go, la aldea japonesa más pura

En los Alpes Japoneses se mantiene vivo un Japón rural que fascina a cualquier viajero. Takayama combina casas tradicionales de madera con mercados matutinos y destilerías de sake donde el aroma del arroz fermentado perfuma las calles.

Imprescindible:

– Sanmachi Suji, barrio antiguo perfecto para pasear sin prisa.

– Museo al aire libre Hida no Sato, que recoge arquitectura local.

– La cercana Shirakawa-go, Patrimonio de la Humanidad, con sus casas gassho-zukuri de tejados inclinados como manos en oración.

Qué comer en Takayama:

– Hida beef, una de las mejores carnes del país.

– Miso local, más oscuro e intenso.

Un Japón que invita a la contemplación

Las ciudades tradicionales japonesas no solo ofrecen monumentos: ofrecen una forma distinta de estar en el mundo. Allí, el silencio pesa tanto como los colores, y cada gesto —desde servir té hasta caminar bajo los cerezos— está impregnado de una estética que honra lo simple. Es en esta quietud donde muchos viajeros encuentran la verdadera esencia del país.

Nara, donde los dioses pasean entre ciervos

Antes que Kioto, Nara fue la capital imperial y cuna del budismo japonés. Aquí el tiempo parece fluir con mansedumbre, entre ciervos que deambulan libres y templos gigantescos envueltos en bruma.

Puntos esenciales:

– Todai-ji, que alberga al Gran Buda, una estatua monumental de bronce.

– Kasuga Taisha, santuario rodeado de miles de linternas de piedra.

– El parque de Nara, donde los ciervos saludan a los visitantes con una leve reverencia.

Qué comer en Nara:

– Kakinoha-zushi, sushi envuelto en hojas de caqui.

– Miwa somen, fideos finísimos servidos fríos o calientes.

Takayama y Shirakawa-go, la aldea japonesa más pura

En los Alpes Japoneses se mantiene vivo un Japón rural que fascina a cualquier viajero. Takayama combina casas tradicionales de madera con mercados matutinos y destilerías de sake donde el aroma del arroz fermentado perfuma las calles.

Imprescindible:

– Sanmachi Suji, barrio antiguo perfecto para pasear sin prisa.

– Museo al aire libre Hida no Sato, que recoge arquitectura local.

– La cercana Shirakawa-go, Patrimonio de la Humanidad, con sus casas gassho-zukuri de tejados inclinados como manos en oración.

Qué comer en Takayama:

– Hida beef, una de las mejores carnes del país.

– Miso local, más oscuro e intenso.

Un Japón que invita a la contemplación

Las ciudades tradicionales japonesas no solo ofrecen monumentos: ofrecen una forma distinta de estar en el mundo. Allí, el silencio pesa tanto como los colores, y cada gesto —desde servir té hasta caminar bajo los cerezos— está impregnado de una estética que honra lo simple. Es en esta quietud donde muchos viajeros encuentran la verdadera esencia del país.

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