París no se visita: se recorre. La capital francesa exige tiempo, pausas y una cierta disposición a perderse. En París, cuatro días y tres noches permiten un equilibrio perfecto entre iconos universales, barrios con vida propia y momentos de mesa y café. Esta ruta propone mirar la ciudad con ritmo humano, alternando grandes hitos y escenas cotidianas.
Primer día: el París eterno
El primer contacto con la ciudad suele ser también el más simbólico. Comenzar por la orilla del Sena ayuda a situarse. Desde allí, la silueta de la Torre Eiffel aparece como un faro urbano. Subir o no es una elección personal; contemplarla desde el Campo de Marte o desde el Puente de Bir-Hakeim es, para muchos, más que suficiente.
La tarde invita a cruzar el río hacia la Île de la Cité, donde late el origen de la ciudad. La Catedral de Notre Dame, incluso en restauración, sigue siendo un lugar cargado de historia. Caminar sin rumbo por el barrio Latino al caer la noche es una manera perfecta de cerrar el primer día.
Segundo día: arte, jardines y grandes avenidas
El segundo día pide museo. El Museo del Louvre merece varias horas, no tanto para verlo todo como para elegir bien: pintura italiana, escuelas flamencas o grandes obras francesas. La clave es no agotarse.
Tras el museo, los Jardines de las Tullerías ofrecen un descanso visual y físico. Desde allí, el paseo puede continuar por la elegante Avenida de los Campos Elíseos, hasta el Arco del Triunfo, cuya terraza regala una de las mejores vistas del trazado urbano.
Tercer día: barrios con alma
París se entiende de verdad cuando se entra en sus barrios. Le Marais es uno de los más completos: palacios reconvertidos en museos, tiendas independientes y plazas como la Place des Vosges, perfecta para una pausa tranquila.
Por la tarde, el camino puede llevar hasta Montmartre, un barrio que aún conserva algo de su espíritu bohemio. Más allá del Sacré-Cœur, lo interesante es perderse por sus calles laterales, lejos de las rutas más concurridas.
Cuarto día: cafés, librerías y despedida
El último día es ideal para bajar el ritmo. Un café largo en Saint-Germain-des-Prés conecta con la tradición intelectual de la ciudad. Librerías, galerías pequeñas y paseos junto al Sena permiten una despedida serena.
Si queda tiempo, un crucero fluvial por el río ofrece una mirada final y distinta de los monumentos. París, vista desde el agua, parece aún más consciente de su belleza.
Dónde comer y beber sin prisas
París es también una ciudad para la mesa. Bistrós clásicos, boulangeries de barrio y mercados cubiertos forman parte del viaje. No se trata de buscar lo más famoso, sino lo cotidiano: un plato del día, una sopa de cebolla, un buen queso con pan.
París, una ciudad que siempre espera
Cuatro días y tres noches bastan para enamorarse, pero nunca para agotarla. París se queda siempre a medias, como una promesa. Quizá por eso se vuelve: porque cada visita es distinta y cada paseo, incluso repetido, parece nuevo.



























