Bodegas Bentomiz lleva la esencia de la Axarquía a la copa

Hace casi 20 años que Clara Verheij y André Both se instalaron en la Axarquía y, por casualidad, se iniciaron en la vitivinicultura. Ocurrió en el año 1995, en el municipio de Sayalonga donde, siguiendo el ejemplo de los vecinos, comenzaron a producir vino para consumo propio. «Era un vino más bien dulce, no medíamos nada y poco a poco quisimos tener más control», recuerda Clara. Así fue como estos dos holandeses se entregaron a la tarea de recuperar una viña abandonada y muy antigua dando origen a Bodegas Bentomiz, el trabajo de toda una vida que les sigue apasionando, a pesar del gran esfuerzo que exige. «Montar una bodega no diría yo que es aconsejable», dice Clara riendo. «La inversión que hay que hacer es enorme, hay que tener una visión a largo plazo. Eso no se ve cuando estás bebiendo una botella. Y cada año tienes solo una oportunidad, si no sale bien pierdes un año entero».

En la actualidad producen diez referencias de vinos que exportan a otros tantos países y distribuyen por toda España. Comenzaron elaborando un vino naturalmente dulce de uva Moscatel, Ariyanas Naturalmente Dulce. Le siguieron el blanco, el rosado, el tinto… En todos buscan condensar la identidad y la tradición de la Axarquía: frescura, mineralidad, un toque salino. Para conocerlos, Clara propone empezar por el Pixel, que toma el nombre de la combinación de Pedro Ximénez y Moscatel, las dos variedades que combina. Es un vino de entrada, versátil, fresco y muy andaluz. El vino más complicado de elaborar, según explica Clara, es el Ariyanas Terruño Pizarroso, un vino dulce de Moscatel con crianza en barrica que describe como «una verdadera joya». La última referencia que han introducido se llama Rayya, es un vino de Tempranillo, de maceración carbónica, que Clara define como alegre y desenfadado. Lo crearon durante la pandemia, como un experimento, y en 2022 repitieron la fórmula mejorada para lograr un resultado más fresco y con menos alcohol.

El rosado de la familia Ariyanas es el vino de la bodega que primero se agota. Está elaborado con uva Romé, una variedad autóctona, muy escasa y que solo se encuentra en la Axarquía. Para Clara, esta uva condensa las características de la comarca por la mineralidad que aportan las brisas salinas en combinación con la pizarra de los suelos. Esta es la variedad con la que Bodegas Bentomiz están renovando su viña, casi centenaria, en la que algunas cepas tienen que ser sustituidas porque ya no rinden. 

Su proyecto abarca una experiencia vinícola completa ya que organizan visitas y catas en las que ofrecen un menú con platos creados especialmente para realzar las características de los vinos. La carta cambia continuamente, adaptándose a las estaciones y a los productos de temporada que encuentran en el mercado. Nunca falta el tartar de aguacate con crema de ajo negro, un reclamo de su restaurante, pero también destacan entre sus propuestas la textura de remolacha y mango con sardinilla, la hamburguesa de atún, la vieira con coliflor y calabacín, la tatin de mango con frutas subtropicale o el tartar de chocolate con helado de kumquat. Recientemente han añadido un menú de diez platos, uno por cada vino.

La incorporación de Alejandro Muñoz al equipo de Bodegas Bentomiz es otra de las novedades que asumieron el año pasado. Este joven enólogo de Comares, que creció entre viñedos, es el refuerzo y el impulso que necesitaban para avanzar. «Juntos podemos hacer más cosas. Alejandro trae nuevas ideas, quiere hacer experimentos y estamos elaborando más vino que antes», reconoce entusiasmada Clara.

Estos cambios renovadores son visibles en las botellas de esta bodega malagueña. Las etiquetas, diseñadas por Estudio Vinario, ahora muestran una imagen en relieve de azulejos malagueños que han sido fotografiados en edificios históricos de la ciudad, uno diferente para cada vino, destacados sobre una imagen de una de las piedras de pizarra que cubren la fachada de la bodega. 

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