Hay lugares que parecen haber sido hechos para ser recorridos cuando cambia la estación. El Piamonte, en el noroeste de Italia, es uno de ellos. Cuando septiembre avanza y los viñedos comienzan a teñirse de tonos dorados, las colinas de Langhe, Roero y Monferrato adquieren una belleza especial y la gastronomía se convierte en una de las mejores formas de conocer el territorio.
Aquí el paisaje y la mesa están profundamente unidos. No es casualidad que el paisaje vitícola de Langhe-Roero y Monferrato forme parte del Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2014. Sus colinas reúnen viñedos, pequeños pueblos, castillos, iglesias, bodegas y construcciones rurales que son el resultado de siglos de relación entre las comunidades y la tierra.
El otoño es, además, uno de los momentos más interesantes para recorrer esta región. La vendimia transforma los campos y devuelve a las localidades rurales una actividad que tiene mucho de celebración. Entre las grandes protagonistas están las uvas destinadas a vinos como Barolo, Barbaresco y Barbera, vinculados a unos paisajes vitícolas que forman parte de la identidad piamontesa.
En medio de este territorio aparece Alba, una pequeña ciudad de la provincia de Cuneo que durante los meses otoñales concentra buena parte de la atención gastronómica internacional. La razón tiene nombre propio: la trufa blanca.
El preciado Tuber magnatum Pico crece bajo tierra y su búsqueda se ha convertido en una tradición estrechamente relacionada con los bosques de las Langhe. Su aroma intenso y su escasez explican el enorme valor gastronómico que ha alcanzado. En Alba, la temporada tiene además una de sus grandes celebraciones: la Feria Internacional de la Trufa Blanca, que en 2026 se desarrolla del 10 de octubre al 6 de diciembre, con mercado, actividades gastronómicas, demostraciones y encuentros alrededor de este producto.
Pero viajar por el Piamonte significa descubrir mucho más que una trufa excepcional. En las mesas aparecen quesos, embutidos, avellanas, setas, carnes, pasta fresca y platos de cuchara que hablan de una cocina de montaña y de campo. También está el tajarin, una pasta fina tradicional que suele acompañarse con mantequilla y trufa, una combinación sencilla que permite comprender hasta qué punto la cocina piamontesa concede importancia al producto.
Fuera de Alba, merece la pena perderse por las pequeñas localidades de las Langhe. Barolo, Barbaresco, La Morra o Neive permiten recorrer un paisaje de suaves colinas cubiertas de viñedos, con carreteras secundarias que conectan pueblos, bodegas y miradores. La propia Unesco describe esta zona como un paisaje cultural nacido de una larga evolución entre variedades de uva, suelos, técnicas agrícolas y formas tradicionales de elaboración del vino.
También Turín, la capital regional, ofrece otra cara del Piamonte. Elegante, monumental y marcada por su pasado como capital de los Saboya, permite combinar patrimonio, cafés históricos, museos y gastronomía antes de adentrarse en las colinas.
Quizá ahí esté la verdadera singularidad de este viaje. El Piamonte no se contempla solamente: se recorre con los ojos, pero también con el olfato y el gusto. El perfume húmedo de los bosques, las hileras de viñedos, una copa de vino, el aroma de una trufa recién cortada o un plato de pasta caliente forman parte de un mismo paisaje.
Cuando llega el otoño, esta región italiana demuestra que viajar también puede consistir en seguir el camino de una cosecha. Y pocas veces el paisaje, la agricultura y la gastronomía cuentan una historia tan unida como en las colinas del Piamonte.



























