Pequeñas, crujientes y llenas de sabor, las semillas han pasado de ocupar un lugar discreto en la despensa a convertirse en ingredientes capaces de transformar un plato. Durante siglos han formado parte de numerosas culturas gastronómicas y hoy regresan a la cocina con nuevas posibilidades.
Sésamo, pipas de calabaza, girasol, lino, amapola, chía o semillas de mostaza aportan textura, aromas y matices diferentes. No hace falta utilizarlas en grandes cantidades. Una cucharada puede ser suficiente para cambiar una ensalada, una crema de verduras, un pan o incluso un postre.
Sésamo para mucho más que el pan
El sésamo es probablemente una de las semillas más versátiles. Crudo tiene un sabor suave, pero ligeramente tostado desarrolla aromas mucho más intensos y un agradable punto de frutos secos. Puede añadirse a ensaladas de tomate, pepino y queso feta, sobre unas verduras salteadas, en un arroz con verduras o encima de un pescado al horno.
También resulta fundamental en la cocina de Oriente Próximo. Molido se convierte en tahini, una pasta que sirve para preparar hummus, salsas y aliños. Una mezcla de tahini, limón, agua y un poco de ajo puede convertirse en un acompañamiento magnífico para berenjenas asadas, falafel o verduras.
Las pipas de calabaza salen del aperitivo
Las semillas de calabaza son especialmente interesantes en otoño. Una vez limpias y secas, pueden tostarse ligeramente y utilizarse para aportar un contraste crujiente.
Quedan muy bien sobre cremas de calabaza, zanahoria, puerro o calabacín, pero también sobre ensaladas de hojas verdes, verduras asadas o un hummus. Otra posibilidad es incorporarlas a una ensalada de granada, queso de cabra y hojas verdes. El dulzor y la acidez de la fruta encuentran en el sabor tostado de las semillas un contrapunto perfecto.
Las pipas de girasol, también en la cocina
Las pipas de girasol suelen asociarse al aperitivo, pero funcionan estupendamente como ingrediente. Sin cáscara pueden incorporarse a panes caseros, ensaladas, arroces, pastas o verduras salteadas. También pueden mezclarse con avena y frutos secos para preparar una granola salada, perfecta para acompañar sopas y cremas.
Su sabor relativamente suave permite combinarlas con ingredientes muy diferentes sin que lleguen a dominar el plato.
Lino para desayunos y panes
Las semillas de lino tienen una textura y un sabor delicados. Se pueden añadir enteras o molidas a yogures, kéfir, gachas de avena, batidos y mueslis.En la cocina también encuentran un buen espacio en panes, crackers y masas de semillas.
Una mezcla de lino, sésamo y girasol puede convertir una sencilla masa de pan en una elaboración mucho más interesante.
Amapola: el toque de los dulces
Las pequeñas semillas de amapola son especialmente populares en la repostería de Europa central.
Su sabor ligeramente tostado funciona muy bien en bizcochos de limón, panes dulces, galletas, tartas y bollería. También pueden espolvorearse sobre una ensalada de deliciosas frutas o utilizarse junto a yogur y miel.
Su pequeño tamaño permite repartirlas fácilmente y conseguir que aparezcan pequeños puntos crujientes en cada bocado.
Chía más allá del desayuno
La chía se ha hecho especialmente conocida por los desayunos, pero también puede incorporarse a otras preparaciones.
Al mezclarse con líquido adquiere una textura gelatinosa que permite elaborar puddings, desayunos con yogur, postres de fruta y algunas salsas. También puede añadirse a panes y crackers. Eso sí, no es necesario convertirla en protagonista de todas las recetas. Su interés está en utilizarla cuando realmente aporta textura o consistencia.
Mostaza para aportar carácter
Las semillas de mostaza tienen una personalidad mucho más intensa. Se utilizan enteras, trituradas o como base de salsas.
Pueden incorporarse a vinagretas, escabeches, marinados, carnes, pescados y verduras asadas. Tostadas ligeramente en una sartén liberan aromas y pueden mezclarse después con aceite de oliva para aliñar una ensalada de patata o unas verduras.
Una cucharada puede cambiar un plato
La mejor manera de introducir las semillas en la cocina es entenderlas como un condimento más. No se trata de llenar los platos de semillas, sino de utilizarlas para conseguir un determinado efecto.
Unas pipas de calabaza sobre una crema aportan crujiente. El sésamo transforma unas verduras. La amapola cambia un bizcocho. La mostaza da carácter a una vinagreta. El lino completa un desayuno.
Y ahí está precisamente su atractivo.



























