Hay lugares donde el paisaje parece haber sido construido a la misma escala que las personas. La Alpujarra granadina es uno de ellos. Entre las laderas de Sierra Nevada y profundos barrancos se suceden pequeños pueblos blancos, calles estrechas, tejados planos y una arquitectura que durante siglos se ha adaptado a la montaña. Recorrer esta comarca es hacerlo despacio. No solo para contemplar sus paisajes, sino para descubrir plazas pequeñas, fuentes, tinaos, huertas y caminos que todavía conservan la huella de una forma de vida ligada a la agricultura.
• Pampaneira, Bubión y Capileira
En el barranco de Poqueira se encuentran tres de los pueblos más conocidos de la Alpujarra: Pampaneira, Bubión y Capileira. Pampaneira es una buena puerta de entrada. Sus calles empinadas, casas blancas y talleres de artesanía permiten descubrir rápidamente la personalidad de la comarca. Conviene caminar sin prisa y prestar atención a los tinaos, esos espacios cubiertos que conectan viviendas y calles y constituyen uno de los elementos más característicos de la arquitectura alpujarreña. Desde allí, la carretera asciende hacia Bubión, situado en la ladera del barranco. Sus casas escalonadas parecen formar parte de la propia montaña. El paseo permite contemplar una arquitectura tradicional que ha sabido mantenerse a pesar del paso del tiempo.
Más arriba aparece Capileira, uno de los pueblos situados a mayor altitud de la comarca. Desde sus miradores se obtienen magníficas vistas del barranco y de las cumbres de Sierra Nevada.
• Trevélez, entre jamones y montaña
Trevélez es conocido en toda España por sus jamones y por su privilegiada ubicación en las alturas de Sierra Nevada. La localidad está dividida en diferentes barrios y sus calles ofrecen continuos desniveles. Aquí la gastronomía está estrechamente vinculada al clima y a la tradición. El jamón de Trevélez, protegido por una Indicación Geográfica Protegida, es uno de los productos más representativos de la comarca. Pero la cocina alpujarreña no termina en el jamón. Las migas, las patatas a lo pobre, los huevos, los embutidos y diferentes guisos forman parte de una gastronomía sencilla, energética y adaptada históricamente a la vida de montaña.
• Lanjarón, agua y paisaje
En la entrada de la Alpujarra aparece Lanjarón, conocido especialmente por sus aguas minerales y su tradición termal. Es un buen punto de partida para comenzar a descubrir la comarca. El agua forma parte de la identidad del pueblo y de toda la Alpujarra. Acequias, fuentes y sistemas tradicionales de riego han permitido durante siglos cultivar las laderas y mantener pequeños oasis agrícolas en un territorio montañoso.
• Órgiva, el corazón de la comarca
Órgiva presenta una imagen diferente. Su situación en un valle abierto y su condición de núcleo principal de la Alpujarra occidental le han proporcionado una actividad comercial y cultural mayor que la de los pequeños pueblos de montaña. Su iglesia, sus calles y sus alrededores permiten descubrir una Alpujarra menos vertical, rodeada de huertas, olivos y numerosos cítricos. Es también un buen lugar para detenerse a comer y utilizarlo como base para recorrer otros municipios.
• Soportújar y las historias de la montaña
En los últimos años, Soportújar se ha convertido en uno de los pueblos más singulares de la comarca gracias a su relación con las antiguas historias y leyendas sobre brujas. Más allá de la interpretación turística de estas tradiciones, el pueblo conserva el trazado y la arquitectura característicos de la Alpujarra. Sus calles estrechas y sus miradores permiten contemplar las montañas y los profundos barrancos que rodean la localidad.
Comer mirando a Sierra Nevada
La gastronomía es una parte esencial del viaje. Además del jamón, merece la pena probar platos como las migas alpujarreñas, elaboradas tradicionalmente con pan o harina y acompañadas de diferentes productos; las patatas a lo pobre; el plato alpujarreño, que suele reunir patatas, huevo, jamón y embutidos, y diferentes guisos de cocina casera. Los productos de la huerta, las almendras, las castañas, la miel y los frutos cultivados en los pequeños valles completan una despensa estrechamente ligada al territorio.
Una montaña habitada
Quizá lo más interesante de la Alpujarra no sea un monumento concreto, sino la relación entre sus pueblos y el paisaje. Las casas se adaptan a las pendientes, las acequias recorren las laderas, los cultivos ocupan pequeñas terrazas y los caminos conectan localidades separadas por profundos barrancos.
Pampaneira, Bubión, Capileira, Trevélez, Lanjarón, Órgiva o Soportújar ofrecen distintas puertas de entrada a una misma cultura.
La Alpujarra granadina invita a caminar, comer y mirar. Un territorio donde la montaña no es simplemente el escenario del viaje, sino parte esencial de la vida, de la arquitectura y de la cocina.



























